El efecto de los lentes oscuros

Thanks to Steve Halama for making this photo available freely on @unsplash 🎁

El domingo pasado se me ocurrió visitar Plaza Galerías. No tenía nada en concreto a qué ir, pero lo que quería era salir a algún lugar que no frecuento. Finalmente sólo desayuné en su área de comidas y me retiré del lugar.

El caso es que llegué caminando desde una esquina de Av. Patria y Av. Johann Sebastian Bach, y a la salida me fui caminando hasta Plaza Cordilleras, un lugar que no está tan cerca. En ambos casos, entré y salí del centro comercial usando unos de los accesos de Liverpool.

El día estaba caluroso y soleado, e hice ambas caminatas bajo tal circunstancia. A la ida iba usando mis lentes oscuros y escuchando música en mis audífonos. Al regreso sólo iba usando los lentes oscuros. Así que iba caminando bajo el sol solo con mis pensamientos, que a veces llegan, permanecen un momento y se van, y algunas otras veces se quedan pegados. De pronto empecé a recordar emociones pasadas. Llevar puestos unos lentes oscuros me da la sensación de que el clima no me afecta, y por eso mismo iba caminando como si nada. De hecho, iba caminando aprisa.

Esas emociones pasadas tenían qué ver con la segunda mitad de 1990, una época en la que ciertamente me sentía bien a pesar de lo que primaba alrededor mío en aquel entonces. Y es que en aquel entonces yo estaba cursando el primer semestre de la prepa, y solía irme de la escuela caminando y usando unos lentes oscuros. Y en aquel entonces experimenté esa sensación de inmunidad al calor y al sol usando lentes oscuros.

Sólo recuerdo que en aquellas fechas supe lo que era la “química”. Conocí a una compañera del salón, y no sé cómo, esporádicamente volteábamos a vernos y nos sonreíamos levemente durante las clases, y luego empezamos a enfrascarnos en pláticas, y después estábamos juntos casi todo el tiempo durante las jornadas de clases… Y todo surgió porque también resultó que también íbamos al mismo taller de la materia artística optativa los sábados. Recuerdo que lo primero que me dijo cuando nos vimos en el taller por primera vez fue que me quitara los lentes porque se sentía más a gusto viéndome los ojos. Creo que esas pláticas antes y después del taller, durante el receso del mismo, y luego una fiesta de cumpleaños que celebramos en mi casa y en donde bailé exclusivamente con ella, hicieron que los ánimos de ambos se pusieran de modo. Y fue sólo la conjunción de esa empatía, esa confianza que se da de manera repentina sin razón aparente, y esa atracción física y mental que muchos llaman “química”. Un sentimiento muy chido que, por cierto, quisiera experimentar nuevamente.

La materia deportiva que elegí era atletismo, el cual consistía básicamente en correr distancias medias, casi siempre dándole toda la vuelta al campus de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, lo que era aproximadamente tres kilómetros y medio. Los que más resistencia teníamos le dábamos dos o hasta tres vueltas. Y había otro recorrido que era a campo traviesa, que era llegar hasta el Fraccionamiento Campestre, pasarlo por el camino a Jesús María y luego salirse del camino para tomar una ruta a campo abierto que llegaba al despoblado que se encontraba entre dicho fraccionamiento y el pueblo de Pocitos. Estaba muy chido, pero yo nunca pude saltar los muros y cercados. Aún cuando mi condición física era bastante buena, nunca tuve agilidad.

Recuerdo que desde entonces me gustaba la Fórmula 1, y era la época en la que Ayrton Senna estaba en su apogeo. De manera paralela, yo idolatraba a Joe Montana. También estaban en la escena deportiva Lothar Mathaeus, Michael Jordan y los tenistas Stefan Edberg y Boris Becker. Por lo tanto, yo disfrutaba los fines de semana viendo deportes. Luego pasaron por la televisión los conciertos de Knebworth y The Wall Live in Berlin.

También en aquel entonces disfruté, aunque un poco a medias, el aburrido Mundial de Italia 90. A excepción de la potente selección de Alemania Federal, ningún equipo jugó bien. De todas formas, gracias al programa Los Protagonistas, conocí la cultura veraniega y la cultura italiana, y disfruté al máximo las imágenes que pasaban.

Y en cuanto a cosas más cotidianas, el producto que estaba de moda eran los Pepsilindros. En 1990 salió la primera generación de esos famosos envases, y tuvieron mucho éxito. El anuncio original puede ser visto aquí. Esas ilusiones de la Generación X… Por supuesto, yo tenía el mío, que era el de la playa. Y sí, disfrutaba los Grandes Premios de Fórmula 1 de la segunda mitad del año, así como los conciertos mencionados anteriormente, con mi Pepsilindro retacado de Pepsi.

Recuerdo también que en aquel entonces me gustaba visitar tiendas naturistas. Aún con las tentaciones que había por todos lados y con las limitaciones económicas que hubo en un momento determinado, intentaba ser cuidadoso. Tomaba un suplemento alimenticio que se llamaba levadura de cerveza, compraba caramelos caseros hechos a base de miel, compraba dulces de amaranto, compraba unas barritas de trigo integral con mermelada de higo, y compraba una proteína recomendada para corredores. Dicha proteína tenía albúmina de huevo y se preparaba como leche con chocolate. Tenía un sabor muy especial, muy extraño, pero yo me la tomaba con gusto. Digo, en aquel entonces yo era corredor y quería que mi vida girara en torno a eso. Recuerdo que nos mudamos de una casa muy céntrica a una que estaba en donde empezaba el norte de la ciudad, relativamente cerca del campus de la Universidad, y entonces me inventé unas rutas para correr muy locochonas. Como ya no tenía pista de atletismo disponible, entonces me dio por recorrer las mayores distancias posibles.

Durante ese 1990 hubo vacaciones que tuvieron algunas aventuras. En aquel entonces mi hermana tenía una pareja con la cual íbamos a comer hamburguesas, al cine, al boliche, a hacer tiro con rifle de diábolos de manera clandestina, y una vez fuimos a un restaurante de KFC, en donde las personas encargadas fueron tan poco amables que les dejamos una torre de basura muy alta en la mesa. Particularmente las vacaciones de Abril fueron tan divertidas que mi hermana le envió una carta a mi madre relatándole todos los desmanes que hicimos. Y durante las vacaciones de verano, conocí a Jean-Michel Jarre con un videocassette grabado del Canal 5. Se trataba de Destination Docklands, y ahí quedó instaurado mi músico favorito hasta la fecha. Se me quedó muy grabado que su música incluía la música incidental de la telenovela “Cuando Llega el Amor“, producida ese mismo año. De esa música que utiliza Televisa sin solicitar permiso al autor, y por la melodía de Rendez-Vous IV, una pieza muy usada para los resúmenes producidos en la televisión durante el Mundial de México 86. Cuando supe que toda esa música era de él, quedé atrapado.

Y viví todo eso usando lentes oscuros de manera consuetudinaria. Lo recordé el domingo pasado mientras caminaba bajo el sol sintiéndome inmune al clima. De pasada, creo que sería una buena idea recordar la forma de ver la vida de aquel adolescente de 16 años, quien a pesar de todo, era optimista.

Dejo la canción que más me gustó de aquel 1990.

Foto por Steve Halama en Unsplash

 

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