Más allá de su frontera

20170225Mall

María Cristina recorrió el enorme estacionamiento antes de entrar al inmueble. Tres pisos llenos de personas que caminaban lentamente y con bolsas en las manos.

El tamaño del centro comercial impone. Uno podría pensar que la gente no quisiera subir de nivel para llegar al lugar que desea, pero no es así. Es curioso ver a gente paseando por arriba y por abajo, cada quién en su propio asunto, o metiéndose en el asunto de alguien más en particular. Así son las cosas.

En ese centro comercial las tiendas están decoradas como si fueran pasteles. Cada escaparate, e incluso cada área en la que está alojada la mercancía, tiene el aspecto de una puesta en escena muy elaborada. Y por todos lados hay anzuelos que provocan que sea inevitable voltear a verlas. Sin duda pretenden que la relación cliente-proveedor vaya mucho más allá de la compra de mercancía.

Un grupo de jóvenes caminaban balbuceando aventuras. Unas mujeres la miraron de arriba abajo. Una muchacha también caminaba, lentamente, mirando su celular mientras el entorno le era totalmente ajeno.

Entre luminarias que tenían ritmo, pantallas planas por todos lados, y olores fuertes y dulzones, ella llegó al complejo cinematográfico para comprar su boleto. La función de cine a la que iba a entrar tardaría aproximadamente una hora en comenzar, así que decidió caminar un poco, tomándose su tiempo.

Pensó en tomar un café o un helado antes de entrar al cine, pero mientras caminaba se encontró con algunas cosas que le llamaron la atención y la hicieron abstraerse en sí, pareciendo que miraba todo desde un periscopio.

Se recargó en una baranda del atrio principal y se puso a observar. Una mujer de edad avanzada estaba sentada en una banca, como en actitud de esperar a alguien que tal vez estaba en el interior de la tienda de productos de belleza que estaba justo en frente. Se podía percibir la serenidad en el gesto de su cara.

En la banca contigua había un muchacho y una muchacha, sentados frente a frente con las piernas cruzadas, como en posición de flor de loto. Se les veía enfrascados en una plática muy animada y sumamente relajados. Evidentemente la estaban pasando bien juntos.

Una muchacha evidentemente mayor que ella entró a una tienda de discos. La playera que llevaba puesta estaba muy bonita y revelaba mucho la personalidad de la muchacha. Evidentemente le gustaba el rock, o posiblemente era fanática de alguna banda en particular. Las tiendas de discos ya son santuarios para quienes viven sus aficiones con romanticismo. Y da gusto ver a gente que vive sus aficiones con entusiasmo.

La gente en el nivel inferior camina con demasiada lentitud. Pero no sólo es caminar. Hay algo de pavoneo en los modos. El lugar es espectacular, y evidentemente hay qué vivir el espectáculo pretendiendo ser parte de él.

Cerca de donde se encontraba recargada María Cristina, había un hombre, tal vez diez años mayor que ella. Su atuendo es casual y ciertamente sencillo, pero evidentemente las prendas que lo componen son caras. En realidad la expresión que denota su cara no es agradable, y ella no tardó en averiguar porqué.

Hasta donde él estaba llegó una muchacha vestida con prendas demasiado ostentosas. Las marcas muy visibles y unos zapatos de tacón muy alto.

– Me dijiste que no te ibas a tardar. — Espetó él. — ¿En dónde más te paraste?
– ¡Oye! ¿Qué te pasa? — Contestó ella, como a la defensiva y sin desconcierto.
– ¡No voy a dejar que me hagas pendejo! ¿Viste a alguien?
– ¡Ya te dije que no estoy viendo a nadie más! ¿Porqué te pones así?
– ¡Ya no voy a dejar que me dejes esperando en un sitio! ¿Oíste? — Él estaba furioso. — Ahora vas a entrar a las tiendas que yo te diga, para esperarte afuera del probador, ¿OK? — Ella quiso empujarlo, pero él le tomó la muñeca y se la apretó con fuerza.
– ¡A mí no me tocas así, pendejo! — Respondió ella, muy enojada.
– ¡Yo no trabajo para que te veas con otro, eh! — Dijo él, sin levantar la voz, pero con un tono muy amenazante. — ¡A mí me vas a respetar!
– ¡Qué te pasa, yo no estoy viendo a nadie!

María Cristina decidió alejarse. Tal vez la muchacha terminaría cediendo ante la inseguridad del tipo, pues lo más posible era que lo más sensual en él era la billetera. Sólo tal vez…

Esas cosas la desconciertan mucho. Es demasiado sensible y frágil para presenciar esas escenas fuertes.

Sólo por impulso, caminó por donde se encontraban la señora de mirada serena y los muchachos que estaban enfrascados en una plática agradable. Captó que la señora efectivamente estaba esperando a alguien que se encontraba afuera de la tienda de productos de belleza, y los muchachos estaban platicando acerca de unos conciertos que hubo el año pasado.

Después de un rato, y de ver y oír y de dejarse atrapar por ese ambiente majestuoso de inducciones, se encaminó hacia el espectacular complejo cinematográfico para llegar a tiempo a la función.

Foto: hpgruesen (Pixabay)
a través de Más allá de su frontera – Medium

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