Cruzando una frontera

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Andrés es un muchacho muy serio. Es muy activo, pero también muy retraído. Cuando está en la casa, casi no sale de su recámara. Sin embargo, le gusta mucho salir de su casa, ya sea al campo o a pueblear siempre que puede, y conoce todos los centros comerciales y zonas de diversiones de la ciudad.

Acaba de entrar a estudiar la licenciatura en Administración de Empresas, pero tiene muchas aficiones y actividades además de estudiar. Dice que eligió esa carrera porque el campo de acción es más amplio y tiene más opciones para elegir, sobre todo porque dice que quiere ser un emprendedor.

Su plan original era irse a Inglaterra después de terminar la preparatoria, pero lo convencieron que era mejor un intercambio académico después de que haya pasado unos cuantos semestres en la carrera.

Le gusta mucho la jardinería. Suerte que en donde vive hay un jardín enorme, y está su tía Gloria, que lo guía y le da tips.

También tiene un enorme acuario. Debe de tener unos 50 peces o más. Lo tiene muy bien cuidado y sabe muy bien cómo cuidar peces de ornato. Lo que llama la atención es que en la pecera hay plantas naturales, y las tiene muy bien cuidadas.

Le gusta correr. Se va a un complejo de dos parques que está en una colonia más o menos cercana. Conjuntamente, los dos parques tienen un perímetro de unos 700 metros, y les da muchas vueltas. Algunas veces también se queda en la Universidad para correr en la pista del estadio principal del área deportiva.

Seguido sale a dar caminatas y toma fotos con su celular. Fotos de todo lo que se encuentra. Las tiene etiquetadas y ha formado un historial de tendencias y transformaciones de todo tipo.

Y toma clases de ballet para adultos. Se ve que le gusta. Le gusta mucho bailar, y cuando hay eventos estudiantiles en un antro, siempre va. Dice que los bailes de salón no le apetecen, prefiere los pasos libres de la música que ponen en los antros.

No sé si el hecho de que sea tan retraído se deba a que vive con cuatro mujeres, y todas son de carácter fuerte. Su mamá es la de carácter menos fuerte, pero tiene lo suyo.

No tiene intención de trabajar por ahora, y eso está bien, pero su mamá lo consiente mucho comprándole todo lo que quiere. También a su hermana, pero ella ya trabaja y se hace de sus cosas con su propio dinero.

Aquí va lo bueno…

Dice que quisiera conocer a más personas que compartan los mismos gustos que él tiene, pero no sabe cómo encontrarlos. Participa en foros y grupos en internet, pero ya ha dicho que quiere buscar amigos “de a de veras”.

A decir verdad, Andrés sabe que tiene qué pensar en su futuro, pero es algo en lo que no querido centrarse. Ha comenzado a sentirse insatisfecho, y de hecho a veces piensa que esa carrera ni siquiera es la más adecuada para él, aún cuando el plan de estudios lo convenció. Puras cosas que probablemente le serían muy útiles cuando se inserte en la vida laboral, dentro de unos cuantos años.

Es muy distraído. Pudieras estar frente a él, pero su mente está a 500 kilómetros de distancia. Siempre anda en la luna, y se hizo así cuando lo dejó una novia de recién que entró a la prepa.

Y así anda en la calle casi siempre: Solo y con su celular en la mano. Algunas veces va volteando la cabeza para todos lados buscando qué fotografiar, y algunas otras veces lleva la mirada perdida en el cielo o en el suelo.

Dice que siempre sale con sus nuevos compañeros, pero que no se atreve a decir nada porque lo que siempre trae en la mente es aquello que quiere o cualquier tema relacionado con sus aficiones. Como que no capta el pulso del círculo en el que está parado, o sea la Universidad.

Ha dicho que le cuesta mucho trabajo socializar; siente que no cabe en ese nuevo mundo de ilusión colectiva que se está formando en su aula, y en el que todos andan siempre de la mano adonde los lleven.

Entre las primeras sesiones de cerveza y tacos nocturnos con sus compañeros, y que representan los primeros festejos en grande del resto de su vida, se ha dado cuenta de que él no tiene nada qué compartir. En un salón de clases de la Universidad hay diferentes mundos, pero también hay pensamientos e ilusiones en común, y hay referencias que él no tiene debido a su naturaleza individualista. Su mundo es muy especial y hecho exactamente a su medida. ¿Cómo explicar que el ritmo de la respiración puede hacer una grata compañía mientras se corre, y que incluso se pueden concebir melodías con él? ¿Cómo explicar que pudo saber qué personalidad tiene cada uno de sus peces? ¿Cómo explicar que con tantas fotos tomadas con el teléfono celular cayó en cuenta de que se comenzó a crear un cronograma muy valioso? ¿Cómo explicar que las zapatillas de danza se sienten muy bien en los pies desnudos?

Sus compañeros dicen que entre clase y clase se desaparece y que no hace mucha ronda con ellos. Sale con ellos a cenar o a cualquier evento, pero ahí en las instalaciones no se junta.

Se ha dedicado a tratar de acercarse a estudiantes de Biología y de Médico Veterinario Zootecnista para lo de los peces. También busca entre los estudiantes a gente a quien le guste correr. Y también busca en antros o en los mismos centros en donde hay programas de extensión y promoción cultural, buscando a quién le interesen las clases de ballet para adultos, o al menos hablar de ballet con alguien que lo ejerza. En otras palabras, busca a gente que tenga intereses en común.

Y luego se metió a clases de inglés y a un curso de extensión, tratando de buscar gente. Dice que en una de esas va a encontrar a las personas con quienes se pueda llevar verdaderamente bien.

Incluso ha ido a presentaciones y desfiles de modas que organizan los estudiantes de las carreras de Ingeniería Textil y Licenciado en Diseño de Modas.

Da la impresión de que no lo está haciendo de la manera más adecuada, y de hecho desde que entró a la Universidad, se le ve más ansioso.

Se puede adivinar qué tipo de personas está buscando, pero no se sabe en qué se basa para hacerlo de esa manera. Esa es otra: Es muy hermético.

Su padre murió cuando él tenía 10 años. ¿A quién acudir cuando tenía dudas?

Y si tomamos en cuenta que las mujeres de la casa, además de tener carácter fuerte, son muy dadas a cultivar su alma… De diferentes maneras, pero definitivamente no son superficiales. Y de hecho, tal vez eso haya sido lo que exacerbó la sensibilidad de Andrés.

María Cristina sabe lo que quiere. Le encantan los movimientos sociales que hacen los jóvenes de su edad. Entró a la Universidad a estudiar la carrera de Medios Masivos de Comunicación, cargada de ilusiones. Quiere ser comunicóloga, quiere meterse en movimientos desarrollados por artistas jóvenes. Quiere que el mundo se entere de que es mejor expresarse de una manera estética.

Y también quiere estar ahí para dar fe de ello.

La Universidad le ofrece la manera de conectarse con las personas adecuadas, por lo que desde el primer semestre se ha estado metiendo en actividades extracurriculares. Va a conciertos de rock, a recitales de música clásica, a lecturas literarias, a exposiciones de pintura y fotografía… Siempre con su cámara. Una cámara semiprofesional de segunda mano, que es como un fetiche. No puede estar sin ella.

Y es que María Cristina vive en una zona de la ciudad en la que la gente está habituada a tomar la vida tal como viene, sin ilusiones, sin ver más allá. Sabe que casi todos los viernes hay fiestas o reuniones; que comerá pozole o birria, y que siempre se bailará con la misma música.

Ella quiere ver la ciudad como un todo, mucho más allá del lugar en el que le tocó vivir. Sabe que hay mucha acción, pero ni siquiera sabe cómo llegar a ella.

Un buen día, Andrés se sintió cansado de no conocer de qué se trata el segmento de mundo en el que decidió insertarse, y entonces quiso hacer algo diferente. Explorar el mundo. Y así fue como fue al centro de la ciudad con la intención de adentrarse en lugares nuevos. Quiso empezar por el pequeño centro comercial en el que están las cosas que les interesa a los frikis, a los amantes de los juegos de rol o de una cosa muy determinada. Le llamaron mucho la atención las cosas alusivas a Dragon Ball y Dragon Ball Z. Esa caricatura le gustaba, y pensó que todas esas cosas tan llamativas sólo se podían encontrar en internet. De hecho comenzó a emocionarse.

Figuras de ánime y manga, carteles de muchachos afeminados que parecían ser estrellas en el lejano oriente, objetos coleccionables, artículos de religiones exóticas, entre aromas muy extraños… El lugar no era bonito, y todo parecía estar amontonado. Ni siquiera podían identificarse con claridad las cosas. Pero la gente parecía estar feliz.

Muchos jóvenes con ropa vieja y usando playeras o chamarras con motivos japoneses o chinos, y figuras extrañas. Muchachos con el cabello largo, a veces que tapa la frente, muchachas con mechones de colores. Muchos de ellos iban vestidos de negro y calzando botas estilo militar.

Hombres y mujeres con largas túnicas blancas, cabello muy largo y piedras atravesadas por cualquier parte de su rostro. Algunas muchachas también iban con un bindi pintado. Incluso había quienes lucían una larga cabellera castaña e iban vestidos con chamarras estilo militar sobre playeras con la cruz suástica.

Había de todo. Ese parecía ser un lugar en el que convergen mundos distintos y entremezclados.

Pero no comprendía cómo había gente que pudiera hacerse de cosas entre toda esa maraña de cachivaches; comer esos antojos enterregados que ofrecían cerca de los lugares más llenos de gente. No obstante, estando ahí, se encontró a una muchacha que le pareció muy atractiva. Una chica extraña, pero con la cara muy bonita.

A María Cristina le gustan las cosas que tienen qué ver con las visiones de Japón y Corea del Sur. Visiones que acá en Occidente son sólo una opción más, pero lo suficientemente sólidas para que se haya creado una microcultura fácil de identificar.

Andrés comenzó a seguir a la muchacha sin que ella se diera cuenta, pues comenzó a ilusionarse. Estaba experimentando una ansiedad terrible. La muchacha le llamó la atención, desde su cara tan bonita hasta su vestimenta extraña: chamarra gris con capucha y decorada con motivos orientales, un vestido corto con motivos florales rojos, mallones negros por debajo del vestido, y tenis Converse azul oscuro de bota. Su bolso era en realidad un tipo de mochila, y se le veía bien. Aún con su cabello peinado con una trenza y algunos cabellos sueltos por arriba de ésta, como haciendo estática, se veía bella.  Pero a Andrés no sólo le llamó la atención esa cara tan hermosa, sino la expresión que denotaba melancolía. Era extraño. La muchacha se veía muy apagada.

Pocas cosas en el lugar habían captado la atención de Andrés, pero desde que comenzó a sentirse perturbado, se olvidó de todo.

La última vez que la miró fijamente, ella se encontraba en uno de los puestos comprando un muñeco de felpa. Un muñeco de aspecto extraño, tal vez representativo de alguna caricatura japonesa.

Sintió que reventaba debido a tanta ansiedad, y cortó el paseo. Dio vueltas en los diferentes niveles del centrito comercial hasta que salió del edificio.

Un momento después, se encontraba en la avenida que cruza de lado a lado el centro de la ciudad, esperando la luz verde para pasar. Al otro extremo de la gran fila de personas que esperaban cruzar la calle, se encontraba María Cristina, con un muñeco de felpa nuevo en su bolso en forma de mochila, y la disposición para ir por primera vez al espectacular complejo cinematográfico que se encuentra en el centro comercial más grande que hay en la ciudad. Quería cruzar la frontera de lo conocido.

Apenas cruzó la calle, Andrés tomó su celular para pedir un automóvil del comercio colaborativo que lo llevara de regreso a su casa. Nunca se dio cuenta de que la muchacha de cara muy bonita y ropajes muy extraños había cruzado la calle también, justo al otro extremo de la gran fila de gente.

Foto: Neko412 (Pixabay)
a través de Cruzando una frontera – Medium

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