Comunicarte

Pensando que estoy bien aposentado en un escritorio, y pensando en ella. Sea real, o imaginaria. Y no necesariamente una mujer a quien ame. Basta con que se haya ganado mi confianza y desee un rico e intenso intercambio de ideas.

Cuando tomas un pedazo de papel y una pluma, es más fácil que te sientas cerca de la persona con quien quieres comunicarte. Cuando usas tu mano, fluyes con mayor facilidad. Eso lo he constatado. Las cartas escritas transmiten los pensamientos, sentimientos y emociones de una manera mucho más fiel que cualquier opción que ofrezcan los dispositivos electrónicos.

Y así pienso en ella, exista o no exista. Puede ser alguien a quien ya conozco, puede ser alguien que ni siquiera esté en esta ciudad. Puede ser cualquiera. Uno nunca sabe en dónde se encontrará una conexión afectiva de esas que da gusto tener.

Comenzaría pensando en ella. Comenzaría embobado con esa conexión, porque es muy bello tener con quién compartir las cosas. Definitivamente. Y entonces, a fluir. Como esas pláticas que algunas veces sueles tener en tu mente, sabiendo que nunca se realizarán. Sin embargo, aquí harás que de algún modo el mensaje sea recibido. Y entonces te regocijas escribiendo.

¿Cómo redactar? Quiero decir, aunque esté dispuesto a escribir lo que yo quiera, sé que debo dar una buena impresión y, sobre todo, hacerle saber que significa lo suficiente para darle a conocer todo aquello que hay en mí. Porque de hecho significa mucho para mí.

Eso. Especialmente eso: Le das a conocer lo que hay en ti porque te importa, porque la quieres, o al menos le tienes algo de aprecio. Porque te agrada mucho contar con ella, y quieres que ella se sienta feliz de que te importe. Todo es cuestión de alegría. Nada más. Un sentimiento tan sencillo pero tan agradable y dador de paz. Quiero cultivar la alegría porque se siente muy bien.

Empiezo diciéndole cómo va mi día. Inclusive quisiera redactar una bitácora que se actualice día a día. No me cansaría de escribirle y de compartir mi vida con ella. Cada cosa que hago, desde mi trabajo, mis idas al gimnasio, mis vagancias de fin de semana, mi blog y todo aquello que voy aprendiendo todos los días. Y mis andanzas en la fotografía y la narrativa. Sé que definitivamente mi vida podría ser más interesante, pero le voy sacando tanto jugo como me sea posible.

Y claro. Lo que pienso, siento y me afecta. Los detalles más trascendentes en el trabajo, como lo que hago y las relaciones que llevo con mis compañeros. Alguien agradable, alguien conflictivo. Un pequeño logro y la pasión que siento cuando estoy elaborando una tarea determinada. Esa memoria que me ha salvado muchas veces, y esas ganas de mejorar de algún modo lo que estoy haciendo. Que aunque me gusta trabajar solo y sin interrupciones, algunas veces es divertido voltear la cabeza e intercambiar con mis compañeros cualquier cosa cotidiana o chusca. Para todo hay oportunidad. Y también hablar de mis preocupaciones, ¿porqué no?

El microcosmos del mundo laboral. Tanta variedad y tantas cosas interesantes qué decir…

Lo que siento cada vez que voy al gimnasio a hacer ejericio. Cualquier progreso, cualquier detalle, cualquier cosa de mi alimentación, y hasta cualquier cosa rara que veo. Platicarle sin empacho que me llama la atención que la gente se congela cuando usa el teléfono celular. Personas a medio vestir o a medio desvestir en el gimnasio. Personas que están frente a los mingitorios sin usarlos. Personas que ponen a funcionar los aparatos pero no los usan. Es de llamar la atención la manera en la que la gente se deja absorber por la actividad en los teléfonos celulares.

Y la música del gimnasio, que no siempre es la más inspiradora para hacer ejercicio. Pero uno va a darle. Uno quiere sentirse bien físicamente, y consigo mismo para que las cosas vayan mejor.

Los momentos de ilusión, los momentos en los que uno desea que ya acabe todo, los momentos en los que el calor y el sudor hacen su acto de presencia. La necesidad de comenzar a beber agua y lo que significa detener cualquier impulso de aumentar la intensidad cuando uno se siente bien físicamente.

Lo que comí. Lo que llevé al trabajo o lo que comí en algún lugar cercano. Que si los mariscos no están tan buenos, pero el pollo y la pizza sí.

Y la ciudad. Sí. Hablar de la ciudad es importante. La ciudad que fotografía, lo que me encuentro, lo que conozco, lo que documento. Cómo es la gente, cómo son las colonias, cómo es lo que pocos conocen. Pasear por la ciudad implica hacer descubrimientos inesperados, y siempre muero de ganas de decírselo a alguien.

Y lo que siento cuando observo e incluso cuando saco la cámara para tomar una foto. Cuál es la intención. Qué quiero captar. Porqué me interesa hacerlo. Ahora traigo la fiebre de capturar colores vivos. Me divierte. Me alegra.

¿Internet? Curiosamente no se da el caso, pero sí sería interesante y muy enriquecedor compartir música. Eso siempre mejora las conexiones. No dedicarla, pero lo cercano que te puedes llegar a sentir con otra persona cuando le das a conocer lo que te gusta escuchar. Y que ella te muestre lo suyo.

Y claro. Cuando escribes, te transformas. De pronto la sinceridad comienza a brotar. El papel se hace más trascendente, y puedes hacer sentir las cosas que tienes adentro tal cual. Alegrías, miedos, insatisfacciones. Es difícil que te guardes algo cuando escribes.

Y las historias. Una anécdota del pasado que haya sido un antecedente de quien soy actualmente. Esas anécdotas tan deliciosas que deseo contar detalladamente, paso por paso. Contar historias de manera que me salgan del alma. Historias que posiblemente me den a conocer mejor, o que quieres para afirmar una impresión o una percepción.

Así es la escritura a mano. Así es tener un alma con la que pueda conectar la mía. Escribir cartas…

Pintura de Duffy Sheridan en Impressioni Artistiche.

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