Tic

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Lolis es una muchacha con espíritu emprendedor. Trabaja como desarrolladora de aplicaciones en una gran empresa, y tiene un blog monetizado en el que publica tutoriales en video e infographics sobre cómo usar óptimamente las aplicaciones más populares en los sistemas operativos Windows y Android.

En su blog enseña las cosas de una manera tan clara y amena, que en los últimos dos años ha ganado muchísimos seguidores en toda Latinoamérica.

Pero Lolis quería más. Tenía ganas de empezar un negocio de mantenimiento y reparación de sistemas y redes de cómputo, y estaba buscando una pequeña oficina para establecerse en ella.

Conoció a una señora que se dedica a rentar varios tipos de inmuebles, y pensó que uno de los que ella le ofrecía era bueno por la ubicación. Pero resulta que la señora la citó en un tianguis para hablar de los términos para la renta de la oficina, y posiblemente ir a verla.

Lolis llegó al lugar de la cita y se metió por algunas calles de la colonia para buscar en dónde estacionar el coche. A pocas cuadras de donde estaba establecido el tianguis, unas personas le indicaron que había un lugar disponible.

En la banqueta había muchos automóviles estacionados. Hombres sucios y mal vestidos, en su mayoría con trapos rojos en las manos, caminaban de un lado a otro.

Cuando hubo caminado apenas unos cuantos metros después de haberse bajado de su auto, la abordó un señor de edad madura, con la melena crecida y una barba larga que, junto con su ropaje, estaban llenas de mugre parda.

Tenía un tic que hacía que el hombro derecho le saltara constantemente, y caminaba de una manera extraña. El tic en el hombro era insistente, y sus pasos irregulares se veían cómicos junto con su andar errático. Pero lo más desagradable eran los gruñidos ocasionales.

– Señito, déjeme lavarle su carro. Se lo voy a dejar bien.
– No, gracias. – Contestó Lolis, apenas volteando a verlo. – Llevo prisa.
– Ándele, señito. Le prometo que se lo dejo bien lavadito.
– En serio, no.

Lolis continuó caminando. El señor con el tic la había seguido casi una cuadra, pero luego desapareció.

Un momento después, encontró un acceso al pasillo central del tianguis. Mujeres, la mayoría de ellas de edad madura y vestidas con prendas de moda combinadas de una manera poco usual, iban y venían zigzagueantes bajo el efecto de claroscuro que hacían los toldos, con mercancía de diversos tipos: Ropa, accesorios pequeños para lo que sea, alimentos…

Caminó esquivando a las personas, hasta que finalmente llegó al lugar en el que se encontraba la señora. Un puesto en el que ofrecían tacos, quesadillas, gorditas y pellizcadas. La señora estaba dando cuenta de una enorme pellizcada de chicharrón y un refresco de cola.

Era una mujer ya grande, regordeta, maquillada excesivamente, con extensiones de cabello, y vestida como oficinista de veintitantos años. En su boca se evidenciaba una cirugía estética. Lo peor de todo era que tenía una actitud de “el mundo no me merece”.

Lolis pidió sólo un vaso con agua de horchata. Ya había desayunado, y la verdad no se le antojaba comer un bocado hecho con más masa de lo normal para ese tipo de antojitos.

A final de cuentas, declinó la oferta, la cual ya había sido elevada; la señora, con una manera de hablar muy condescendiente, le pidió una cantidad mensual mayor a la que le había indicado originalmente, junto con otros requisitos que ciertamente eran gravosos. Pero sabía que hay más opciones, y que era obvio que no iba a conseguir lo que deseaba inmediatamente al primer intento. Tal vez más adelante encontraría algo mejor…

Se levantó tranquilamente de la mesa y decidió abandonar el tianguis. En el camino encontró un puesto con fruta muy bonita, y luego otro puesto, en el que vendían yogurt elaborado con método antiguo. Compró también unas empanaditas y una pequeña botella de agua natural.

En cuanto dio la vuelta a la esquina en la calle en la que había estacionado su auto, el señor del tic le salió al paso.

– Señito, no he comido nada. Deme algo, aunque sea un platanito. Mire, ahí tiene agua, y también el monedero. – El señor extendió el brazo intentando tocar el bolso de Lolis, y de manera implacable, caminaba a un lado de ella. Con el tic incontrolable y esa tendencia a dar un paso hacia afuera de cuando en cuando, comenzó a ponerla nerviosa. – Señito, la situación está difícil. Sigo sin trabajo. – El olor a mugre que despedía el señor, con un tufo ácido, generó un malestar físico en Lolis, como una náusea.

Entonces, y como pudo, arrancó un plátano de la penca que llevaba dentro de una bolsa de polietileno y se lo ofreció al señor con la mano extendida. – Aquí tiene, pero ya deje de seguirme.

Pero el señor insistía. El hombro derecho saltándole, y una pierna haciéndose hacia afuera violentamente cada determinado número de pasos. Las danzas terribles provocadas por un sistema nervioso deteriorado.

– ¿Le cargo las bolsas, señito? Para que no se le haga tan pesado. ¡Ándele! – Pocas cosas hacen que Lolis se sienta incómoda, pero esa insistencia, aunada a la grotesca danza maníaca, la estaban comenzando a molestar demasiado.

Y apenas bajó de la banqueta para abrir la portezuela de su auto, el señor se le adelantó para detenerla, e hizo el intento de tomar las bolsas que Lolis estaba a punto de dejar debajo del asiento del copiloto.

Ella se subió al auto y comenzó a hacer maniobras para salir del lugar de estacionamiento.

– ¡Señito, no hay qué ser! ¡La situación está muy difícil!
– ¡Ya deje de molestarme, señor! – Le contestó Lolis, alzando la voz con un tono desesperado.

El señor balbuceó cosas, pero en eso llegó uno de los hombres que acaparan lugares en las banquetas para asignar los lugares de estacionamiento. Los famosos “acomodadores”.

– ¡Ya no espantes a la clientela, pinche pendejo! – Le dijo antes antes de intentar alejarlo a golpes. Golpes tirados sin sentido y en donde dieran. Tal vez atinó uno o dos, y mal. El hombre del tic se alejó como pudo, con ese grotesco paso hacia afuera que daba de cuando en cuando, haciendo unos ruidos ahogados, como en son de reclamo.
– ¡Tú chinga a tu madre, güey! – Respondió el hombre del tic, con una voz cavernosa, como queriendo contener el grito.

Lolis se disponía a dar las gracias, y el acomodador se colocó a un lado de la portezuela, mientras un compañero de él se ponía en frente del auto.

– ¿A dónde con tanta prisa, seño? ¡Son mil pesos por quitarle al electrocutado! – Le dijo el acomodador, con una sonrisa intimidante.
– Aquí tiene cincuenta por cuidar el coche.
– No se puede ir. Quiero mi dinero. – El señor hablaba sin levantar la voz, pero su tono era amenazante.

Lolis metió la reversa y comenzó a retroceder muy lentamente. Su cara estaba desencajada. Se agachó y permaneció sin avanzar durante pocos segundos. Aceleró fuerte y frenó.

– ¡Eh! ¡Bájese del carro, vieja cabrona! – Gritó el acomodador, enfurecido, pero ella volvió a acelerar fuerte.

El hombre que estaba frente al auto se asustó y se hizo a un lado, y entonces Lolis quiso acelerar, pero el señor del tic estaba por colocarse frente a la ventanilla. La hizo detenerse en seco y se dirigió hacia la portezuela. Lolis seguía atrapada. Los autos en la calle comenzaban a acumularse, formando una ruidosa fila. Los claxons frenéticos de quienes transitaban.

Entonces, respiró hondo y se agachó hacia una de las bolsas. Sacó un plátano y comenzó a comérselo de una manera rápida y forzada. Y retrocedió nuevamente, sólo un poco; tanto como le permitió el automóvil que se encontraba detrás de ella.

Entonces abrió completamente la ventanilla. El hombre del tic le tomó la cara con una intención diferente a la de pedir limosna, y el acomodador, que ya había recuperado su posición junto a la portezuela, se abalanzó también.

Lolis calculó el movimiento. El acomodador tenía la intención de abrir la portezuela del auto. Cuando ella detectó lo que él iba a hacer, arrojó la cáscara del plátano hacia delante y avanzó a una velocidad razonable. Entonces, el hombre del tic, completamente fuera de sí, y deseando continuar con el juego de tocarla, avanzó junto con el carro, pisando la cáscara y cayendo al suelo. El acomodador ya había sujetado la manija de la portezuela, pero estaba fuera de balance, pues no esperaba a que Lolis avanzara con un acelerón.

Entonces esperó a que el tipo sujetara bien la portezuela, y aceleró de nuevo, haciendo que tropezara con el señor del tic, quien parecía sufrir un ataque de epilepsia (en realidad eran sólo los tics magnificados por la caída aunados al desconcierto momentáneo que estaba sufriendo tras ésta). Cuando ambos estuvieron en el suelo, arrancó y dejó el lugar.

No se dio cuenta de que había algunas mujeres mirando. Las viejas argüenderas que suelen ir a los tianguis. Unas la maldijeron por tratar mal a quienes las asisten.

Percepciones tergiversadas en un colorido y ruidoso microcosmos forjado a pisotones.

Pocos minutos después, tras haberse alejado de la zona del tianguis, Lolis se detuvo en un alto. Recordó lo de la cáscara de plátano y se sintió bien, no por agraviar a dos hombres, sino por haber mantenido la cabeza fría mientras éstos la acosaban. Luego comenzó a agitar su hombro derecho, primero directamente, y luego empujando con el omóplato, tratando de reproducir el tic del señor. También hacía su pie izquierdo hacia fuera y hacia dentro, como sacudiéndolo. Finalmente, se miró en el espejo retrovisor, hizo algunas muecas, tratando de remedar al señor, y emitió un leve gruñido, seguido de una sonrisa burlona.

Foto: cocoparisienne (Pixabay)

a través de Tic – Medium

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