Entre bestiarios y cuentos ilustrados

Ya iban a ser las cinco de la tarde. Las sombras de las edificaciones cobijaban totalmente la acera poniente de la avenida, y juegos de luces y sombras causadas por los árboles se movían de forma rítmica sobre las fachadas de las edificaciones ubicadas en la acera opuesta.

Poco a poco, el lugar comenzaba a llenarse de personas, la mayoría de las cuales parecían salir de sus lugares de trabajo. Pero también había algunos grupos de estudiantes y de mujeres mayores pasando la tarde.

Repentinamente, de entre un grupo de personas, apareció ella, caminando aprisa. Lo más notorio era su cabello suelto cayendo armoniosamente sobre sus hombros y espalda. Su cuerpo era aceptablemente esbelto, pero me resultó imposible calcularle la edad. Pasó muy aprisa por donde yo me encontraba, al grado de que tuve qué detener mi marcha y hacerme a un lado. Lo que sí alcancé a notar, fue que tenía un semblante triste.

No alcancé a ver más, sólo su vestimenta. Llevaba puesto un kaftán con estampados de colores entre los cuales predominaban el amarillo y varios tonos de rosa, un pantalón de mezclilla medio desteñido, y unos zapatos altos color miel que parecían ser unos zuecos, pues tenían estoperoles y hacían bastante ruido. Su bolsa era una pequeña mochila, y llevaba sus manos libres. Bueno, en una de ellas llevaba un sombrero panamá.

La mujer me llamó mucho la atención, pues lucía muy atractiva. Además, el hecho de no haber logrado determinar qué tan joven o vieja era, me intrigó. Comencé a sentir mariposas en el estómago; me resultaba imposible pensar en lo que estaba haciendo, e incluso la imagen de su rostro que guardé en mi mente ya se estaba desvaneciendo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y empecé a experimentar una ansiedad insoportable.

Estaba en esa avenida para encontrarme con unos amigos en un café ubicado en ella, e iba algo sobrado de tiempo. El dilema era terrible: ¿dejar que pasara el momento, o tratar de encontrarme con ella, arriesgándome a llegar tarde a la cita? No pasó mucho tiempo. Al verla alejarse, y aún sin perder el contacto visual, me decidí por lo segundo.

Sentí un golpe de adrenalina.

Me pregunté para qué quería hacerlo, pero seguí adelante; no podía concentrarme, pero entre mi mente perturbada se develaron algunas fantasías. ¿Es ese el mentado estilo “BoHo”? ¿Es alguna mujer pudiente que eligió lucir como una intelectualoide? ¿Es alguna sagitariana inestable que se viste exactamente como le da la gana?

Después de algunas cuadras, se detuvo en una esquina, esperando que el semáforo peatonal se pusiera en verde. Ahí la alcancé. No dejaba de verla de reojo. Sacó su teléfono celular de un bolso del pantalón, lo revisó, lo volvió a guardar, y me di cuenta de que un leve dejo de angustia se dejó ver en su expresión.

Tras cruzar la calle, se detuvo en un puesto de revistas. Yo caminé un poco y me detuve a ver un escaparate. Sin prestar atención en los libros que se exhibían en dicho escaparate, seguía observándola de reojo, sin prestar una atención real en los libros. El tiempo me pareció eterno. Mis manos estaban sudando y mis piernas temblaban. Seguía sintiendo el escalofrío, y mi mente no lograba posarse en tema alguno.

Ella dejó el puesto de revistas y, curiosamente, se dirigió a esa librería. Dejé que pasaran algunos segundos, y entré, buscándola con la mirada. Se dirigió a una pila llena de libros de geografía y de viajes. Yo intentaba por todos los medios ver en cualquier estante opuesto, dándole la espalda, pero manteniéndome al pendiente de su ubicación.

Luego dejó el lugar y se dirigió a otra sección. Era una sección llena de bestiarios y de ediciones de bolsillo de algunos cuentos ilustrados. Se puso en cuclillas para observar algunos tomos.

¿Qué demonios me hizo seguirla? ¿Desde hace cuántos segundos siento interés por ver bestiarios?

Luego sonó su teléfono y se apartó de los estantes, dirigiéndose al un rincón cercano. Tomé el lugar en el que ella estaba y luego me recorrí a un punto más cercano al rincón al que ella se replegó, pues en ese momento ya me resultaba imposible renunciar a la cacería, y además no me cansaba de observarla. La conciencia me pesaba, mis principios me recordaban que estaba haciendo algo incorrecto. Estaba experimentando una fuerte lucha interna. ¿Renunciar, o ver hasta dónde podía llegar? ¿Era por deleitarme ante su belleza, o era que en el fondo deseaba conquistarla? En eso escuché algo como “¿Entonces no ha llegado? Mmm… Entonces para qué voy…”.

Volvió a donde estaban los pequeños cuentos ilustrados y me pidió permiso de pasar, con una voz cuyo tono parecía de angustia. Me hice a un lado y ella se sentó frente al estante, cruzando las piernas e intentando adoptar una posición de flor de loto. Cogió un librito y comenzó a hojearlo.

No parecía que lo estuviera leyendo con atención. Capté que estaba sollozando muy levemente.

– ¿Me permite, por favor? — Le dije, atravesando un brazo frente a ella para tomar un librito. Entonces ella se llevó una mano empuñada a la boca, intentanto apagar los sollozos. — ¿Le sucede algo, señora? — Me dirigí a ella nuevamente. Sólo movió la cabeza, indicándome que no. Parecía estar desolada. Parecía que el mundo se le iba a venir encima de un momento a otro ahí mismo, entre los cuentos de letras grandes e ilustraciones hiper-realistas coloridas.

¿Qué me quedaba por hacer?

Publicado originalmente en medium.com/@edloz73
Foto: geralt (Pixabay)

a través de Entre bestiarios y cuentos ilustrados – Medium

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