Fotografía urbana de Yener Torun

Lo que sea por la suerte

No sé si es algo inherente a la naturaleza humana o es un indicio de falta de cultura, pero las supercherías siempre pasan por la cabeza siempre que se está haciendo algo que tiene determinada relevancia. Y así vemos muchos signos, muchos simbolismos, muchos comportamientos fuera de lo ordinario, y muchos consejos.

Evidentemente cualquier intento que hagamos por salir de nuestra zona de confort nos inquietará, tal vez en el fondo nos pase por el miedo al fracaso o a alguna pérdida importante. El caso es que, a menos que seamos temerarios, siempre sentiremos esa “ñáñara” al emprender algo nuevo, y haremos lo que sea para que las cosas salgan bien.

En lo personal pienso que los seres humanos necesitamos asirnos a algo tangible para llenar el vacío que tenemos en mayor o menor medida. Adorar a un dios invisible no es suficiente, y por eso existen los ídolos. Me imagino entonces que algo similar sucede con los amuletos, pues uno puede verlos y tocarlos.

Tal vez suceda porque muchas veces no sabemos, o no estamos dispuestos a escudriñar en nuestra mente. Tal vez.

Y ahí están todos esos objetos con significados adjudicados de una manera arbitraria, y que por alguna convención la gente los percibe de la misma manera.

Es sólo que pienso en cosas de ese tipo, o mejor dicho, pienso en la suerte, cuando estoy a punto de iniciar algo.

Imagen de Please Don’t sell My Artwork AS IS en Pixabay

Irene Cara – What A Feeling

Pensar en diferentes tiempos…

Se habla mucho de que pensar en el pasado es dañino. En muchos casos, yo creo que sí, pero también es cierto que la mente puede echar mano de diferentes recuerdos a manera de archivo. Algunas veces, esos recuerdos evocados podrían alimentarse para alimentar algo del presente de manera positiva.

El problema es que muchas veces los resentimientos son muy pesados e inhabilitan casi por completo, haciendo que dejemos de hacer cosas que son necesarias para crecer a nivel personal. Muchas veces asimilamos una mala experiencia de tal manera que nos condenamos a nosotros mismos pensando que lo que hicimos fue malo, y así muchas ilusiones se van diluyendo con el paso del tiempo, haciendo que, al perder de vista el sentido de nuestras vidas, hagamos lo incorrecto o no sepamos manejar nuestras emociones. La represión, o la “auto-represión” hace que nuestra percepción de la vida se distorsione y que aparezcan emociones extrañas. O en el mejor de los casos, nos volvemos expertos en disimular, en adoptar una manera de ser que no concuerda con lo que realmente somos, y que al alimentar los malos recuerdos, nos resulte imposible alcanzar nuestras metas o siquiera seguir el camino que alguna vez nos propusimos transitar.

Por otro lado, está lo positivo. Tal vez durante nuestra niñez o nuestra preadolescencia alimentamos alguna ilusión que se fue perdiendo con el paso del tiempo, pero que de algún modo, recordamos más adelante, y entonces, con más conocimiento, más experiencia, y tal vez con los medios que necesitamos, podamos tomar el recuerdo de esa ilusión, alimentarlo, y fijarnos nuevas metas, o retomar las antiguas.

Es bueno visitar nuestros tiempos de juventud de vez en cuando, pues muchas veces, las respuestas a nuestros problemas actuales están en nosotros mismos.

Y retomar alguna vieja ilusión, enfrentar algún viejo trauma que creemos poder superar ahora, o adquirir algún nuevo conocimiento relacionado con experiencias vividas, puede ser fácil o difícil, pero si es por ir en pos de alguna meta, vale la pena para sentirnos bien con nosotros mismos.

He reflexionado acerca de todo esto después de varios meses, casi todo lo que va de 2021, escuchando música de los 80, la música de “mis tiempos”, así como algunas cosas más viejas que descubrí durante mi preadolescencia.

Foto por Michael Dziedzic en Unsplash

Ilusiones renovándose

De pronto algunas ilusiones revivieron, cosas que dejé olvidadas debido a distintas circunstancias de la vida. Quizá a mis 47 años ya es un poco tarde, pero quisiera cristalizar esas ilusiones en cuanto pueda comenzar a hacerlo, ahora que es cuestión de tiempo.

De pronto algunas ilusiones revivieron, cosas que dejé olvidadas debido a distintas circunstancias de la vida. Quizá a mis 47 años ya es un poco tarde, pero quisiera cristalizar esas ilusiones en cuanto pueda comenzar a hacerlo, ahora que es cuestión de tiempo.

Y es que estos tiempos pandémicos han cambiado mucho la manera de ver las cosas, de interactuar, y sobre todo, al evaluar las cosas después de un año de que empezó la contingencia sanitaria, he visto que las cosas han cambiado mucho. Por ejemplo, Guadalajara apenas estaba empezando a experimentar las nuevas formas de trabajar, como el coworking el emprendimiento startup y el comercio en redes sociales, y de pronto todo dio un giro el cual, independientemente de la nula ayuda del gobierno al comercio, se tuvo qué adaptar de improviso.

Y también debo decir que a raíz del home office, así como de una circunstancia particular por la que atravesé al tiempo en el que se nos pidió quedarnos en casa, mi manera de ver las cosas cambió, y siento que tengo qué vivir la vida sin guardarme nada, que cada salida de casa debe ser mejor planeada para asegurarme de que todo salga bien, y que debo prestar oídos a las cosas que suceden alrededor mío, desde las comunicaciones por chat que a estas alturas ya son tan de uso, pues los consejos, los tips, y las referencias se han vuelto muy necesarias para evitar el aislamiento. Esta no es una buena etapa para las pretensiones de macho sigma.

En otras palabras, no podemos dejarnos llevar por nuestras vivencias cotidianas, sino hacer un esfuerzo para mantenernos en buen estado en términos generales de acuerdo con la información disponible, con las interacciones con otras personas y, sobre todo, con las posibilidades de hacer introspección y estar en contacto con nosotros mismos. Con respecto a esto último, ya incluso me compré un tapete de yoga.

Foto por Steve Johnson en Unsplash

Ser con la ciudad

Me he fijado que en México no se tiene la costumbre de ocupar espacios muy abiertos. Hay lugares para eso, como podría ser el Parque Agua Azul en la ciudad. Pero también la verdad es que aquí no se usan mucho los parques que tengan prados muy amplios.

En ese sentido, sí recuerdo los amplios prados del campus de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, mi alma mater, y sí era común ver estudiantes tendidos en el pasto. Otra cosa muy extrema que recuerdo haber visto fue a unas muchachas en bikini tomando el sol en las faldas del Cerro Santa Lucía, en Santiago de Chile.

Pero en general aquí lo que se busca son bancas en lugares sombreados. Ya había hablado de oficinistas a la hora de la comida, pero también la gente que toma descansos mientras camina por el centro de la ciudad. También es común buscar no espacios amplios, sino rincones recónditos, y desde entonces, algunas partes del centro de Guadalajara huelen a marihuana desde que el uso de ésta dejó de censurarse, cosa que sucedió antes de la supuesta legalización, mientras que algunos parques que se están ubicados en zonas no muy visibles o accesibles, han sido tomadas por indigentes, como la Plaza del Carmen y la Plaza de San Sebastián de Analco. Mucha gente prefiere pasear por los grandes centros comerciales o visitar cafés Y es también que los espacios concebidos como “oasis urbanos” son muy escasos.

Creo que lo que más podría dar identidad, lo que más podría dar el fenómeno de que la gente es quien le da personalidad a una urbe, es el entorno de la Cruz de Plazas, en el mero centro, en donde se puede ver a una variedad de personas que son diferentes de acuerdo con la plaza en la que pasan más tiempo. Las diferencias son casi imperceptibles, pero las hay.

También es curioso el fenómeno que se da de que los espacios abiertos son para transitar, no para hacer pausas. Fuera de las bancas en lugares sombreados, la gente permanece moviéndose, y así podemos encontrar locales vacíos, pues los comercios icónicos del centro son muy específicos. Y por lo mismo, hay muy pocas terrazas con sombrillas.

No puedo decir cómo han estado las cosas durante el estado de emergencia sanitaria que hemos vivido porque no he visitado el centro de la ciudad desde hace más de un año.

El centro de Guadalajara siempre como referencia. Los centros de Zapopan, Tlaquepaque y Tonalá tienen sus propias características.

En Aguascalientes, en cambio, fuera de un pasaje peatonal en el que se congrega mucha chusma, se puede ver a gente de todo tipo. Ocupan lugares muy específicos, pero todos se congregan en donde mismo.

Foto por Sven Mieke en Unsplash

Tiempo de introspección

Muchas veces sabes lo que tienes qué hacer, sea por intuición o por conocimiento de causa. En plena época de los memes es más fácil adquirir o reafirmar ciertos conocimientos, ya sea que se traten de relaciones interpersonales o de crecimiento personal.

Cuando algo ya no está funcionando bien, muchas veces lo mejor es abandonar, pero nos topamos ya sea con el miedo a sufrir, o con el dilema del costo hundido. Es decir, nos quedamos esperando a que las cosas se compongan. Tal vez ella recupere el interés, tal vez el proyecto por fin salga adelante, etcétera.

Es cierto que hay certeza en varias de las afirmaciones de esos memes, o de hecho, de esos tweets, pero del dicho al hecho… Muchas veces no hacemos lo que tenemos qué hacer por temor, y eso nos lleva a que las cosas empeoren o a que la agonía se prolongue.

Creo que en tales casos, hacer lo que se tiene qué hacer es cuestión de valentía. El costo de tratar de salvar lo insalvable es altísimo, y sólo conseguiremos traumas fuertes. En cambio, si abandonamos, el dolor será efímero, y tal vez más adelante se tenga estómago para recordar y hacer un examen de consciencia para saber qué tenemos qué corregir o cómo las cosas saldrán mejor en la siguiente ocasión.

Foto por Ben Sweet en Unsplash

Fotografía urbana de Yener Torun

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