Reflexiones sobre la Patria

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Un día México logró independizarse del imperio español; y a partir de entonces, y bajo un marco ideológico creado por los criollos en la búsqueda de su identidad con la tierra nueva que ahora habitaban, nuestros símbolos patrios fueron concebidos en un halo de romanticismo. Y de acuerdo con como nos pintaron la historia nacional desde la escuela primaria, tal parece que La Patria es un ente vivo, casi deificado. Esta concepción se reafirmó durante el periodo pos-revolucionario, por ideólogos como José Vasconcelos y Jesús Reyes Heroles.

Y vemos así que estamos destinados a defender a nuestra Patria a cambio de gloria y honor. Y de una manera inconsciente, tal como se ha grabado en nuestra educación, así la vemos. Como a una gran madre que nos acoge y a quien debemos rendirle lo que somos. Una madre viva.

Esa madre mestiza, consciente de sus raíces cimentadas en un pasado glorioso, forjada con valores cristianos y los más altos valores humanos. Una madre que nos incita a ser mejores. Pero, al mismo tiempo, una madre pasiva, por la cual debemos hacer una oblación.

OK. Detrás de la concepción de La Patria, hay muchas historias coherentes, basadas principalmente en lo de los criollos y en lo de los mestizos.

La creación de Nuestra Señora de Guadalupe como un símbolo que hasta la fecha va más allá de la fe católica impuesta en esta tierra, las mismas formas básicas del cristianismo, y la diseminación de la lengua española como un vehículo que occidentalizaba todo lo que había en esta tierra, fueron las principales fuentes de identidad nacional.

Y así los criollos vivieron con un sentimiento de arraigo a una “nueva tierra” y orgullos magnificados, con un marco ideológico peninsular, pero con costumbres indígenas anexadas a su vida diaria; y unos mestizos que vivían en medio de la polarización, con la Virgen de Guadalupe como un símbolo en torno al cual giraba su devenir y, al mismo tiempo, con un sentimiento de desarraigo. Esto sin mencionar que los criollos, a pesar de sus mercedes, vivían constantemente resentidos al no tener acceso a los privilegios que sí tenían los peninsulares, y de ahí nació el desprecio a los “gachupines”.

Vivir en una tierra odiando a los gachupines y despreciando a los indios vivos, y los mestizos cuya identidad ha estado cimentada desde siempre en símbolos impuestos. Creo que de aquí viene el gran problema de esa falta de identidad nacional que padecemos.

Lo extraño también es que se creara a una “madre”, la Virgen Santísima de Guadalupe, como un símbolo de identidad en el cual se cimentó el nuevo nacionalismo, y que luego el concepto de Patria fuera concebida también como una madre.

En medio de toda esta interferencia creada por una unidad nacional (o mejor dicho, a la tierra), muy antigua, la mexicanidad no acaba de cumplir su función de vehículo de unidad nacional basada en el amor a la tierra. Por lo tanto, no nos sentidos identificados entre nosotros mismos.

De todo ese resentimiento basado en una de aceptación resignada por parte de los criollos, y de desarraigo en la propia tierra por parte de los mestizos, surgió un gran afán por sobresalir. Ese protagonismo que muy a menudo se expresa como prepotencia, como depredación, o como ruido excesivo. Y somos fiesteros a morir para olvidarnos de ese vacío que existe en el inconsciente colectivo.

Somos una sociedad fragmentada compuesta por individuos que viven para mitigar la insatisfacción, y para evitar el esfuerzo. Queremos que todo se nos brinde, o como se dice vulgarmente, “peladito y en la boca”. Nos inmutamos cuando estamos frente a un extranjero porque nuestra identidad nacional no tiene más anclas que símbolos muy subjetivos, porque no tenemos la consciencia de ser parte de algo, de vivir en una tierra tangible que es nuestra.

Y La Patria queda sólo como una madre subjetiva y pasiva, llena de símbolos que no van más allá de los colores.

Creo que antes que cualquier otra cosa, debemos aprender a amar nuestra tierra y aceptar a nuestros semejantes. No ganamos nada con despreciar a los demás. Sé que es un mal que está arraigado desde hace más de cuatro siglos, pero un buen plan de educación, neutral y sin ideologías, haría un gran bien al afán de progreso.

En México escasea la gente pensante. Pero La Patria, tal como es, sin simbolismos, es verdaderamente bella, y vale la pena luchar, aunque sea aportando un poco.

Imagen: “La Patria” de Jesús Helguera. Fuente: El reino de todos los días.

Jesús Helguera

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